de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla”
Canción de Navidad / Silvio Rodríguez.
Ante la
pregunta sin fin de un “¿hasta cuándo?”, solo queda la respuesta certera de un “Hasta
Siempre”, no hay más opciones para la senda revolucionaria, lo contrario es
dispersarse y con ello perderse, perdernos. Las horas angustiosas son más
llevaderas en compañía que en la soledad, por ello que la solidaridad si es una
característica revolucionaria, no así la ingenuidad.
El dolor genera angustia, además cuando este se
imprime en el colectivo es un detonante muy peligroso, y eso lo saben muy bien
quienes atentaron con la vida del joven ministro Héctor Rodríguez, los mismos que
seguramente tienen manchada su alma –si es que tienen alma-, de la sangre joven
del camarada Robert Serra y la camarada María Herrera. Ante tan abominable
arremetida, nuestra respuesta ya sabemos que debe ser la unidad, sin embargo,
la unidad no es un decreto, ni un pasaporte otorgado al iniciase en las luchas
revolucionarias. Esta, debe construirse y para lograrla debemos creer en ella
cómo la herramienta que nos hará irreductibles en el tiempo, cuyo principal
aditivo es además la confianza, la unidad no florece en el terreno infértil de
la desconfianza.
No habrá fin de la historia, como la decretó
Fukuyama, y no habrá fin de ella, porque nosotros “somos la pre-historia del
futuro” y la historia viva de un presente cada vez más comprometido con la
emancipación de los pueblos. Esto no es solo una pugna entre partidos políticos o
entre ideologías sociales, esto es la guerra declarada por los que ostentan el
poder mundial contra todo aquello que se le oponga, y nosotros estamos del lado
de los que se les oponen, de los que luchamos por construir una sociedad llena
de justicia en todas sus dimensiones, una humanidad donde el ethos sea la
premisa de vida.
Al ubicarnos
de este lado de la lucha, estamos enfrentando no a un poder local, sino a un poder
con características imperiales, que no escatima ningún esfuerzo ni recurso por
lograr sus objetivos, capaz de invadir países, asediarlos, desestabilizarlos
social y económicamente y derrocar gobiernos, como sucedió en Ucrania, incluso
en las propias narices de una súper potencia como la Rusia de Putín. Por eso ante
el clamor de muchos con razón de “No soportaremos un muerto más” solo nos toca
entenderlo desde la solidaridad con el dolor, sumar -como pueblo empoderado-
esfuerzos con el gobierno para tratar de impedirlo, pero al final es imposible
garantizarlo. Esta dureza del habla solo es movida por la necesidad de asumirnos en una realidad que también ha
sido globalizada, como lo es la del terrorismo de estado, el terrorismo global,
el terrorismo imperial practicado por el país sin nombre.
En esta guerra de vieja data muchos han sido los
mártires, que sin ingenuidad han ofrendado su vida por lograr la victoria de
las fuerzas populares, nunca olvidemos que no es una guerra local solo contra
Venezuela y el chavismo, innumerables han sido los jóvenes en latinoamérica y
el mundo que esta lucha ha cobrado, o acaso podemos decir que el joven general
Sucre no fue también a sus escasos 35 años de edad una víctima de esta misma
guerra; o la joven nicaragüense Arlen Siu que a su temprana edad de 18 años se
unió a la revolución sandinista y dos años más tarde en 1975 fallecía en el
campo de batalla, mientras defendía desde su posición de retaguardia a sus
compañeros que estaban al frente; el mismo joven ché Guevara a sus 39 años
dejaba su sangre en la selva boliviana; el comandante guerrillero Fabricio
Ojeda aquí en Venezuela, al igual que Sergio Rodríguez y muchos otros que
fueron vilmente asesinados por los gobiernos de turnos y sus cuerpos de
seguridad.
Hoy en día y gracias a las acciones consecuentes del
comandante Chávez y todos los que le acompañaron tenemos una revolución con
poder; el poder gubernamental, el poder de las fuerzas armadas bolivarianas, el
poder del pueblo, y sobre todo el poder moral que nos asiste, sin embargo,
pecaríamos de ingenuo en decir que tenemos todo el poder, ya que el poder
económico se resiste a perder sus espacios, y se alinea con el poder imperial
para derrocar el gobierno constitucional y chavista del presidente Nicolás
Maduro, los hechos lo demuestran, aunque no faltará que después de lo sucedido
siga poniendo en tela de juicio la lealtad de este gobierno con el legado de
Chávez, porque no le gusta la programación de Tves o porque crea que gobernar
es una tarea unilateral y lineal donde no se deben tomar en cuenta el contexto,
sino solo la visión doctrinaria de su idea de gobernar en revolución.
Colocarnos como límite para desencadenar una reacción
en masa, alguna otra acción desestabilizadora de la derecha y su poder
económico, lejos de ponerle fin, solo le daría la campanada inicial para la
peor de las barbaries. El Comandante Chávez desde su sabiduría Bolivariana nos
entregó una revolución pacífica, una revolución que se hizo coraza en la
construcción de una nueva carta fundamental, que además fue aprobada por el
pueblo. Por tanto tenemos el deber republicano, el deber moral, el deber
humanitario, el deber bolivariano y sobre todo el compromiso chavista de
mantener esta revolución en paz y no ceder ante los llamados a tomar atajos de
una derecha cada vez más inmoral y corroída en su humanidad.
Por eso pienso que no hay frase más consecuente con
la idea revolucionaria, con el accionar revolucionario que “Hasta la Victoria
Siempre”, no habrá fin a las arremetidas contra el pueblo, y tampoco debe haber
fin en la contundencia de las respuestas por parte de una revolución que está
obligada a mantenerse en el poder de manera pacífica, asistida por la razón, la
verdad y sobre todo por la justicia. Convirtamos el dolor inextinguible por la pérdida
física de tan valerosos cuadros políticos, en fuente inagotable de motivación
para la lucha, que los caídos en combate por la paz y la vida sean por siempre
bandera, sean por siempre y para siempre Patria Viva.
