domingo, 5 de octubre de 2014

¿Hasta Cuándo?



“Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla”

Canción de Navidad / Silvio Rodríguez.


 Ante la pregunta sin fin de un “¿hasta cuándo?”, solo queda la respuesta certera de un “Hasta Siempre”, no hay más opciones para la senda revolucionaria, lo contrario es dispersarse y con ello perderse, perdernos. Las horas angustiosas son más llevaderas en compañía que en la soledad, por ello que la solidaridad si es una característica revolucionaria, no así la ingenuidad.

El dolor genera angustia, además cuando este se imprime en el colectivo es un detonante muy peligroso, y eso lo saben muy bien quienes atentaron con la vida del joven ministro Héctor Rodríguez, los mismos que seguramente tienen manchada su alma –si es que tienen alma-, de la sangre joven del camarada Robert Serra y la camarada María Herrera. Ante tan abominable arremetida, nuestra respuesta ya sabemos que debe ser la unidad, sin embargo, la unidad no es un decreto, ni un pasaporte otorgado al iniciase en las luchas revolucionarias. Esta, debe construirse y para lograrla debemos creer en ella cómo la herramienta que nos hará irreductibles en el tiempo, cuyo principal aditivo es además la confianza, la unidad no florece en el terreno infértil de la desconfianza.

No habrá fin de la historia, como la decretó Fukuyama, y no habrá fin de ella, porque nosotros “somos la pre-historia del futuro” y la historia viva de un presente cada vez más comprometido con la emancipación de los pueblos. Esto no es solo una pugna entre partidos políticos o entre ideologías sociales, esto es la guerra declarada por los que ostentan el poder mundial contra todo aquello que se le oponga, y nosotros estamos del lado de los que se les oponen, de los que luchamos por construir una sociedad llena de justicia en todas sus dimensiones, una humanidad donde el ethos sea la premisa de vida.

 Al ubicarnos de este lado de la lucha, estamos enfrentando no a un poder local, sino a un poder con características imperiales, que no escatima ningún esfuerzo ni recurso por lograr sus objetivos, capaz de invadir países, asediarlos, desestabilizarlos social y económicamente y derrocar gobiernos, como sucedió en Ucrania, incluso en las propias narices de una súper potencia como la Rusia de Putín. Por eso ante el clamor de muchos con razón de “No soportaremos un muerto más” solo nos toca entenderlo desde la solidaridad con el dolor, sumar -como pueblo empoderado- esfuerzos con el gobierno para tratar de impedirlo, pero al final es imposible garantizarlo. Esta dureza del habla solo es movida por la necesidad  de asumirnos en una realidad que también ha sido globalizada, como lo es la del terrorismo de estado, el terrorismo global, el terrorismo imperial practicado por el país sin nombre.

En esta guerra de vieja data muchos han sido los mártires, que sin ingenuidad han ofrendado su vida por lograr la victoria de las fuerzas populares, nunca olvidemos que no es una guerra local solo contra Venezuela y el chavismo, innumerables han sido los jóvenes en latinoamérica y el mundo que esta lucha ha cobrado, o acaso podemos decir que el joven general Sucre no fue también a sus escasos 35 años de edad una víctima de esta misma guerra; o la joven nicaragüense Arlen Siu que a su temprana edad de 18 años se unió a la revolución sandinista y dos años más tarde en 1975 fallecía en el campo de batalla, mientras defendía desde su posición de retaguardia a sus compañeros que estaban al frente; el mismo joven ché Guevara a sus 39 años dejaba su sangre en la selva boliviana; el comandante guerrillero Fabricio Ojeda aquí en Venezuela, al igual que Sergio Rodríguez y muchos otros que fueron vilmente asesinados por los gobiernos de turnos y sus cuerpos de seguridad.

Hoy en día y gracias a las acciones consecuentes del comandante Chávez y todos los que le acompañaron tenemos una revolución con poder; el poder gubernamental, el poder de las fuerzas armadas bolivarianas, el poder del pueblo, y sobre todo el poder moral que nos asiste, sin embargo, pecaríamos de ingenuo en decir que tenemos todo el poder, ya que el poder económico se resiste a perder sus espacios, y se alinea con el poder imperial para derrocar el gobierno constitucional y chavista del presidente Nicolás Maduro, los hechos lo demuestran, aunque no faltará que después de lo sucedido siga poniendo en tela de juicio la lealtad de este gobierno con el legado de Chávez, porque no le gusta la programación de Tves o porque crea que gobernar es una tarea unilateral y lineal donde no se deben tomar en cuenta el contexto, sino solo la visión doctrinaria de su idea de gobernar en revolución.

Colocarnos como límite para desencadenar una reacción en masa, alguna otra acción desestabilizadora de la derecha y su poder económico, lejos de ponerle fin, solo le daría la campanada inicial para la peor de las barbaries. El Comandante Chávez desde su sabiduría Bolivariana nos entregó una revolución pacífica, una revolución que se hizo coraza en la construcción de una nueva carta fundamental, que además fue aprobada por el pueblo. Por tanto tenemos el deber republicano, el deber moral, el deber humanitario, el deber bolivariano y sobre todo el compromiso chavista de mantener esta revolución en paz y no ceder ante los llamados a tomar atajos de una derecha cada vez más inmoral y corroída en su humanidad.

Por eso pienso que no hay frase más consecuente con la idea revolucionaria, con el accionar revolucionario que “Hasta la Victoria Siempre”, no habrá fin a las arremetidas contra el pueblo, y tampoco debe haber fin en la contundencia de las respuestas por parte de una revolución que está obligada a mantenerse en el poder de manera pacífica, asistida por la razón, la verdad y sobre todo por la justicia. Convirtamos el dolor inextinguible por la pérdida física de tan valerosos cuadros políticos, en fuente inagotable de motivación para la lucha, que los caídos en combate por la paz y la vida sean por siempre bandera, sean por siempre y para siempre Patria Viva.